|
La acción se inicia en el campamento
del ejército griego, situado cerca de Troya. El Consejo de los
generales griegos, convocado por Agamenón, discute sobre la causa
de la epidemia mortífera que padece su ejército. Aquiles
se dirige a los generales exponiendo que quizás los dioses les
estén castigando por los numerosos delitos y crímenes que
han cometido. El adivino Calcas anuncia que, en efecto, todos los males
proceden del dios Apolo, irritado por el rapto de la sacerdotisa Crisia,
la hija de Criso, el sacerdote del templo de Apolo en Tebas. Durante el
saqueo de dicha ciudad por las huestes griegas, Agamenón, prendado
de la hermosura de la doncella, no cedió a las súplicas
de Criso, que le ofrecía los tesoros del templo (Aria nº 1
de Calcas, «Ocultará sus luces»). Agamenón,
enfurecido por el dictamen de Calcas, decide devolver a regañadientes
a Crisia para aplacar la ira de Apolo. Manda a Ulises que conduzca a la
sacerdotisa hasta su padre (Aria nº 2 «Apacible por los valles»).
Ante la tienda de Aquiles, Crisia busca consuelo en Briseida la
hermosa doncella de Lerneso, convertida en esclava de Aquiles al
recibir la noticia de que Agamenón se negó a atender a los
mensajeros de Criso, que ofrecían agasajos para obtener la liberación
de Crisia. Briseida, aunque lamenta el injusto cautiverio de su compañera,
se siente afortunada a pesar de las desgracias que le han sobrevenido.
A pesar de la muerte de su padre, de sus tres hermanos y de su esposo
durante el ataque griego, el amor por su amo Aquiles la llena de felicidad
(Aria nº 3 «Amor solo tu encanto»). Llega Aquiles, que
anuncia la próxima liberación de Crisia y ésta se
despide deseando la felicidad de Briseida (Aria nº 4 «De mirto
frondoso»).
Cuando Aquiles muestra a Briseida su confianza en la victoria, alejada
ya la ira de Apolo, irrumpe Taltibio con una orden de Agamenón.
Éste, amparándose en que el botín de guerra ya no
es divisible, puesto que Crisia debe ser restituida, exige que Briseida
le sea entregada, valiéndose de su autoridad suprema. Aquiles,
humillado por el desaire de su superior, obedece con el deseo mantener
la unión durante la guerra, aunque jura venganza. La ira de Aquiles
se enciende ante las súplicas de Briseida (Aria nº 5 de Aquiles,
«Como el mar irritado del aire»).
Taltibio confiesa a Agamenón que no puede cumplir sus órdenes
puesto que siente debilidad ante la separación de los amantes (Aria
nº 6 «De la mano que le yere»). Agamenón ordena
entonces a Euribates que conduzca a Briseida a su tienda, aunque la esclava
prefiere ir acompañada de Patroclo, el fiel amigo de Aquiles. En
ese momento, Aquiles increpa a Agamenón, advirtiéndole que
tendrá que continuar la lucha sin él y que, debido a su
acción despreciable, puede malograr la noble empresa del ejército
griego. Agamenón muestra su indiferencia, alegando que no le necesita
puesto que dispone de muchos más hombres y de la protección
de Júpiter. La desperación de Briseida, la furia de Aquiles
y el rigor de Agamenón confluyen en el trío que cierra el
primer acto (Terceto nº 7, «¡Bárbaro vil destino!»).
|
|
En el mismo campamento, Agamenón
ha reunido nuevamente a algunos oficiales griegos. Viendo la mayor parte
del ejército derrotada, Agamenón anuncia la retirada. Patroclo
responde que los temerosos pueden huir a Grecia, pero que él y
los valientes permanecerán hasta que Troya caiga. Patroclo sospecha
que el cielo ha retirado su favor a causa de la actitud infame de Agamenón.
El anciano Calcas modera la disputa, afirmando que la victoria no será
posible mientras que Agamenón no le devuelva a Aquiles lo que le
arrebató. Agamenón, reconociendo su error, decide aplacar
el enojo de Aquiles restituyéndole a Briseida y ofreciéndole
ricos dones, caballos, oro, esclavas e incluso a una de sus tres hijas
con siete importantes ciudades por dote. Patroclo y otros capitanes se
disponen a partir para anunciar al guerrero la decisión. Agamenón
elude ver a Crisia y Ulises, acompañados por Briseida, que se acercan
al puerto para embarcar rumbo a Tebas (Aria nº 8 de Agamenón,
«El náufrago medroso»).
Las naves están listas para hacerse a la mar; Crisia y Briseida
comparten sus desgracias. Crisia, feliz por regresar a su patria, se compadece
de Briseida, que ahora ocupará su lugar como prisionera de Agamenón.
Briseida exterioriza su dolor y le recuerda a Crisia que durante su cautiverio
tuvo a un padre y a unos dioses que la defendieron, además del
consuelo de una amiga. Briseida, por el contrario, carece de padre, patria
o deidades que se interesen por ella. Aquiles la ha abandonado y se ha
refugiado en la diversión, lo que agrava su desgracia. Aunque Crisia
intenta consolarla con la idea de la felicidad futura, Briseida le expresa
su fatal destino (Aria nº 9 «¿Qué importa que
al deseo (...)?»). Crisia se despide, prometiéndole que rogará
por su amiga (Aria nº 10 «Eternas tus finezas»). Después
de abrazarse, Crisia sube a la nave que zarpa con rumbo a su patria.
En un ambiente bucólico, Aquiles canta acompañado de la
lira (Cavatina nº 11 «Las frescas dulces auras»). Súbitamente
se percata de su lamentable estado de olvido y arroja el instrumento al
acordarse del agravio y la humillación de que ha sido objeto (Recitado
nº 12 «Mas ¿cómo en este estado (...)?»).
No obstante, el guerrero frena sus impulsos, deseando que los dioses borren
de su memoria el pasado glorioso y el amor (Aria nº 12 «Deidad,
que las venganzas»). Llegan Patroclo, Calcas y Euribates, quienes
le notifican la voluntad reconciliadora de Agamenón. A pesar de
los dones prometidos y de los esfuerzos de Patroclo por convencerle de
su flaqueza, Aquiles no cede. Ante el empecinamiento de Aquiles, Patroclo
le pide sus armas para luchar en su lugar (Aria nº 13 «Si embrazo
tu escudo»). Calcas también se va, no sin haber reprobado
al guerrero, que es conducido por Euribates ante Agamenón.
Aquiles mira con desprecio la comitiva formada por capitanes, soldados,
esclavos y animales cargados de ofrendas. Al ver a Briseida entre las
esclavas, vuelve el rostro. La cautiva le suplica a Aquiles que no le
niegue su compañía, aunque sea como humilde esclava de su
esposa (Recitado nº 15 «Si de ti, mi señor y esposo
fiero» y Cavatina «Goce de tus brazos»). Briseida le
insta a vencer su ira o, en caso contrario, a acabar con la vida de su
amada (Recitado nº 16 «¿Qué esperas pues?»
y Aria «Dime, ¡oh Aquiles fiero!»), sin lograr que Aquiles
cambie de actitud.
Agamenón aparece con la noticia de la muerte de Patroclo, mostrándole
sus propias armas ensangrentadas. Aquiles jura vengar a su amigo derramando
la sangre de Héctor. Se reconcilia con Agamenón, quien mantiene
su promesa de otorgarle bienes, y abraza a Briseida con la determinación
de conseguir otra victoria para Grecia (Coro nº 17, «Piedad
y amor unidos»).
|